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Verdad, crítica y memoria: la ética de la escritura

Verdad, crítica y memoria: la ética de la escritura

Susan Sontag exponía en un discurso de aceptación de un premio que la escritura es un ejercicio con una carga ética. Sontag ponía como ejemplo que, dada la opción de tener que escoger entre la justicia y la verdad, el escritor siempre debe escoger la verdad. Hemingway aconsejaba en su libro póstumo «París era una fiesta» escribir desde la verdad: lo que suene a verdad, lo que te dijeron que era verdad, lo que huela a verdad.

La escritura puede ser una fuerza transformadora; por ello, la responsabilidad de quienes esgrimen el lápiz sobre lo que se escribe es importante, ya sea para no caer en la vulgaridad de las palabras o para no crear utopías muertas. La escritura es un acto de libertad, pero es un ejercicio de libertad con una carga ética.

Si estás escribiendo o describiendo universos, utopías, nuevas ideas, no hay nada más sólido que una verdad. La justicia ya la buscarán los profesionales dedicados a ello, pero la persona que se dedique a la escritura, y en sí a todas las artes, se debe a la verdad.

Las artes aguantan un montón de locuras, cubren varios pecados, pero lo único que no aguantan es la mentira. La obra de arte denuncia cuando estás mintiendo. Escribir sobre la pérdida cuando nunca la has conocido, retratar el frío cuando solo sientes calor; si bien la imaginación puede suponer, la verdad siempre se va a imponer y la falta a la verdad grita.

La persona que ejerce la escritura se debe a ella, de ahí que sea un ejercicio ético. Ya sea describiendo cómo tu personaje arma la caña de pescar, coloca el sedal y anuda el armado con un nudo simple, o cómo escribir la metáfora del hombre contra la naturaleza. La escritura, y con ella todas las artes, se deben primero a la verdad.

La escritura no se divide en «bueno» o «malo», sino en «único» y «propio». Lo dijo Rainer María Rilke en “Cartas a un joven poeta”. Rilke exponía que no había que preguntarse si lo que uno escribe es bueno o no, sino que había que preguntarse si puedes vivir sin escribir o no, porque si puedes vivir sin escribir, entonces no lo hagas; y esa es la primera verdad a la que se enfrenta la persona que escribe. También lo dijo Octavio Paz en “El arco y la lira”: la poesía no imita la realidad, sino que la reinventa, pero a partir de una verdad interna. La ficción más fantástica puede ser profundamente verdadera si proviene de una autenticidad interna.

Para Lihn, la escritura nunca fue neutral. Siempre proviene de un lugar crítico, incluso cuando no lo pretende. Esa crítica puede ser hacia la sociedad, hacia el poder, hacia la propia tradición literaria o incluso hacia la escritura misma. A diferencia de lo que sugerían Susan Sontag o Hemingway, para quienes la escritura debía sostenerse en una verdad íntima y honesta, Lihn subraya que esa verdad solo cobra sentido en la medida en que se enfrenta al mundo.

La verdad de la escritura no solo se juega en la autenticidad (Sontag, Hemingway), sino también en el gesto crítico (Lihn). Siempre genera fricción, incomoda, cuestiona y, por ello, molesta. Ese gesto convierte la escritura en un acto ético porque se resiste a ser complaciente: no repite la realidad tal cual, sino que la interroga.

No es solo ser honesto con uno mismo, sino utilizar esta honestidad para crear un trabajo que, al reinventar la realidad, inevitablemente la cuestione y la moleste. La responsabilidad del escritor reside en ser fiel a ambas dimensiones. El «gesto crítico» no es una opción estética, sino una necesidad ética en un mundo en crisis.

Se ha establecido que la persona que ejerce la escritura tiene esta carga ética, esta “deuda” con la verdad, pero también hay que considerar que estamos insertos en un contexto social y que este contexto nos puede demandar una acción. ¿Nos podemos quedar en silencio ante el bombardeo y la hambruna sistemática y despiadada que ocurre en la franja de Gaza? ¿Nos quedamos impávidos ante el avance de facciones de extrema derecha y el retroceso de garantías vitales? Hacer “arte por el arte” es un privilegio en este escenario global. La verdad artística no puede construirse al margen de la verdad histórica y social que vive la gente. En este contexto, una utopía es un privilegio cuando solo tienen acceso unos pocos. Y si bien consideramos que tampoco somos una rockola para hacer obras a demanda, la última palabra siempre la tenemos nosotros; ahora, con respecto a esta última palabra: ¿quieres que sea una mentira? ¿Un silencio ensordecedor? 

¿No quieren ser juzgados por la historia? Entonces no cometan atrocidades. Pero eventualmente llega la pregunta: “¿No les aburre siempre estar equivocados?” Los mismos de siempre, siempre en el lado equivocado de la historia: el lado de la vergüenza, del odio, de la violencia. Y lo interesante es que no hay necesidad de nombrar, ya que todo el mundo infiere a quienes me refiero con “los mismos de siempre”. Aquellos que quieren quitarnos lo público y hacerlo privado; aquellos que quieren quitarnos el horizonte para hacerlo “pay per view”; aquellos que odian todo lo diferente. La mayor falta a la ‘verdad’ a la que se debe el artista sería, hoy, mirar para otro lado; y la del público es conformarse con ser un espectador pasivo de su propia historia, o peor aún: a la indiferencia.