En tiempos donde las “verdades” se compran y venden como mercancía, resulta urgente mirar hacia atrás para entender cómo se ha configurado el fenómeno de la propaganda. Lejos de ser un invento del siglo XX, sus raíces se hunden en las estructuras del poder más antiguas. La propaganda ha mutado con cada época, perfeccionando su capacidad de dominación bajo la apariencia de libertad, de urgencia y de catástrofe.
En la antigua Grecia, Platón consideraba al mito una herramienta pedagógica. En La República, defendía el uso de “mentiras nobles” (gennaion pseudos): ficciones deliberadas controladas por los filósofos-gobernantes para guiar a la sociedad hacia el bien común. Así se estableció el precedente ético para legitimar “medios para un fin”.
Siglos más tarde, Maquiavelo (1469–1527) afirmó en El Príncipe que el poder no reside en la verdad, sino en la apariencia. Los líderes debían dominar el arte de manipular las percepciones. La propaganda se volvió una técnica de supervivencia, no de verdad.
Con la Ilustración, Rousseau (1712–1778) introdujo un nuevo matiz: advirtió que la voluntad popular puede ser fácilmente cooptada por “opiniones públicas” artificialmente construidas. Prefiguró así una tensión que sigue vigente: la contradicción entre democracia formal y manipulación masiva.
El giro más profundo vino con Sigmund Freud (1856–1939), quien desmanteló la noción del ser humano como sujeto racional. Nuestra conducta —afirmó— está guiada por deseos inconscientes, pulsiones reprimidas y traumas no resueltos. En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), demostró que las multitudes no piensan: sienten, se identifican emocionalmente con figuras líderes que encarnan sus anhelos más íntimos.
Este descubrimiento abrió la puerta para la aplicación sistemática de la propaganda moderna. Su sobrino, Edward Bernays (1891–1995), trasladó estas teorías al mundo comercial y político. En Cristalizando la opinión pública (1923) y Propaganda (1928), diseñó herramientas aún vigentes: la asociación subliminal (vincular productos o ideas a deseos profundos), la creación de falsas necesidades, y la construcción de “autoridades invisibles” (“médicos”, “expertos”, citas a Tik Tok o Reels de Instagram sin respaldos) y expertos mediaticos.
Joseph Goebbels, ministro de propaganda del régimen nazi, estudió con atención sus estrategias.
En 1923, la Escuela de Frankfurt fundó el Instituto de Investigación Social para analizar cómo el capitalismo avanzado utiliza los medios masivos como instrumentos de normalización ideológica. Para Adorno y Horkheimer, principales exponentes de la escuela, la industria cultural estandariza contenidos (finales predecibles, música repetitiva y la simplificación de lo complejo) y vende pseudo-elecciones (10 marcas de un mismo producto y todos provenientes de China). Su objetivo no es censurar, sino anestesiar: el arte crítico es reemplazado por reality shows y eslóganes vacíos.
“La industria cultural no sublima los instintos, los reprime para luego venderles su caricatura” –Adorno.
En el siglo XXI, la propaganda se ha vuelto casi imperceptible. Noam Chomsky denuncia que los medios corporativos filtran la información para favorecer a las élites, fabricando la ilusión de consenso democrático. Byung-Chul Han, por su parte, advierte que en la era digital ya no se necesita represión: nos explotan mientras creemos que somos libres. Esta es la esencia de la psicopolítica: control sin coacción, dominación voluntaria.
Hoy, las “Mentiras nobles” del pasado se traducen en eslóganes como “el crimen no paga” cuando en realidad tenemos cárceles abarrotadas; “La mano invisible del mercado”, simplificación que evita el cuestionamiento del sistema; o “El mérito garantiza el éxito”, relato que ignora privilegios para naturalizar la desigualdad.
El siglo XXI no eliminó la propaganda: la perfeccionó. Ya no necesita engañar ni gritar consignas; Ahora nos hace creer que somos libres, de que elegimos libremente cuando en realidad solo elegimos dentro de los márgenes que ella misma ha diseñado.
Frente a esta maquinaria del engaño, la tarea es urgente: ya no basta con saber, sino también descifrar quién está detrás y con qué fin. Como sentenció Adorno, “la única forma de no ser un instrumento es saber cómo funcionan los instrumentos”.



